Caín y Abel.


Hay una cantidad importante en mi memoria que guarda historias bíblicas, mitología griega y otras narraciones antiguas. Suelo perderme leyendo ese tipo de cosas. Lo bíblico ha estado implícito en mi educación, y con el tiempo —y con cierto instrumento quirúrgico— le tomé confianza. El Antiguo Testamento me dio muchas ideas.

La historia de Caín y Abel siempre me llamó la atención, porque soy hermano y he luchado encarnizadamente con mi contraparte solo por el hecho de ser hermanos, de compartir la misma sangre, el mismo vientre, la misma madre. No al punto de asesinarnos, pero comprendo eso. Nadie se convirtió en vagabundo ni construyó una gran ciudad, y mucho menos recibimos la gracia de Dios. La gracia de quien nos mata siempre sufrirá un castigo mayor que el nuestro. Caín, protegido por Dios por matar a su carnal.

Cuando entendí lo que me convenía, pensé en los malditos policías antidisturbios, en la “opresión” y en esos individuos que parecen disfrutar golpear con fuerza y orden. Resignifiqué la escena: la pensé como un policía golpeando a un civil. El juego del poder. La repetición del crimen original: un semejante oprimiendo a otro.
Su arma cambia por un palo, algo más primitivo, más animal, como la represión armada. La virilidad de quien somete, la fuerza de quien domina, la violencia como lenguaje natural del control del hombre. La exposición del sexo del policía lo vuelve ridículo, vulnerable; se cubre con la coraza del uniforme de “hombre”.

Y el oprimido, medio encuerado, sometido, a punto de irse a negros sin saber si volverá a ver la vida. Una escena cruda, siniestra, real. Figuras de poder que se repiten desde el Génesis hasta hoy.






 

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