Caín y Abel.
Su arma cambia por un palo, algo más primitivo, más animal, como la represión armada. La virilidad de quien somete, la fuerza de quien domina, la violencia como lenguaje natural del control del hombre. La exposición del sexo del policía lo vuelve ridículo, vulnerable; se cubre con la coraza del uniforme de “hombre”.
Y el oprimido, medio encuerado, sometido, a punto de irse a negros sin saber si volverá a ver la vida. Una escena cruda, siniestra, real. Figuras de poder que se repiten desde el Génesis hasta hoy.
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