Brujeria y la Malilla
Juan Pablo II fue un hito en México. Lo recuerdo desde el balcón de la casa de mi tía, en el barrio. Seguramente fue a finales de los noventa o principios de los dos mil. En las calles no había tantos coches; todos mis primos y yo aun éramos niños. Mi tía, quien fungió como mi madre y mi abuela —y hasta la fecha—, conserva un altar a la Virgen de Guadalupe, quiza de ahi se siente la necesidad de creer en algo. Sus creencias son arraigadas, y eso es respetable; incluso envidio su fervor.
Fue en esos días cuando la figura del papa se grabó en mí. Yo no sabía quién era ni qué hacía exactamente ese personaje que aparecía tanto en la televisión. Ese día, desde el balcón, mi tía nos hizo mirar al cielo diciendo que el papa iba en ese avión que cruzaba los cielos de Guadalajara. Ingenuos, saludamos a la nada. En mí creció el orgullo al saber que había saludado a Juan Pablo II: un polaco que vivió la ocupación de Polonia por los nazis y que después fue blanco de un intento de asesinato por la ultraderecha.
Un personaje lleno de “bondad”; tanta, que encubrió los actos de abuso cometidos por la Iglesia contra niños, y vaya uno a saber qué más. Está ligado también al encubrimiento de las atrocidades del pedazo de mierda de Maciel.
Esta ilustración la hice pensando en un símbolo de dualidad: un casi “santo” que observa y no se inmuta. Saqué algunas pruebas de ese diseño y lo pinté en una barda frente a mi casa. Fue raro, y el resultado de ese diseño me sigue persiguiendo hasta hoy.
Pasó el tiempo y al barrio llegaron las drogas sintéticas. O más bien, llegó gente que las consumía y se asentaron ahí por un periodo largo. Errantes de piedra, crikosos, piedrosos; banda desalmada y energética. Era triste, pero también divertido verlos en plena euforia al consumir esa droga. Todos vimos cómo, poco a poco, sus mentes y sus cuerpos se hacían mierda.
Una noche recuerdo escuchar murmullos, alguna que otra majadería. Como buen mirón, observé desde la ventana de dónde salía el bullicio. Venía de uno de esos errantes, el más joven. Ya era de noche y las luces de la ciudad todavía eran amarillas; la calle tenía un brillo cálido muy peculiar. La barda donde estaba estampado ese diseño es blanca, de bloques anchos y algo descuidada; el lienzo se teñía de esa luz amarilla característica de las calles.
Observé la escena: el joven drogadicto echándole pestes a la imagen. Le gritaba cosas, le reclamaba, estaba evidentemente enojado. Del suelo tomó un objeto que simulaba una espada y comenzó a golpear la pared, justo donde estaba ese “mago”. No recuerdo bien lo que decía; balbuceaba, pero sí recuerdo que gritaba que ya sabía que era el diablo y que no le daba miedo.
Escuchar eso me estremeció. Fue como si la finalidad de ponerlo ahí hubiera sido otra, y eso me dejó una gran lección. Entendí que las obras y las ideas culminan cuando entran en contacto con el mundo de otro espectador. El joven drogadicto peleaba contra el demonio; yo, contra la ambivalencia de mis ideas. El arte se completa cuando se entrega al mundo y este decide qué hacer con él.
Años después volví a escuchar ruido afuera de casa. Eran gritos de terror. En esa ocasión, por mirón, observé otra cosa. Las luminarias ya eran LED, blancas; el lienzo se empapaba de luz clara , las cosas se veian mas reales . Un coche negro estaba en la esquina, justo donde está estampado el “mago”. El joven drogadicto gritaba:
—Yo no fui, pa, yo no fui—.
Sonaban golpes secos.
—Ya, pa, ya déjeme. ¡Ayuda!—.
Más golpes secos.
Luego se escuchó otro motor. Sonaron portazos, los coches arrancaron rápido. Los gritos cesaron. Dos motos pasaron: una por la avenida siguiendo a los coches, la otra por la calle en sentido contrario fuera de mi casa.
Ahí estábamos, el “mago” y yo, observando el mundo. Fuimos testigos de algo real.
Suena “Amigo” de Roberto Carlos...
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