El Mirón


El mirón es el don —o el defecto— que le otorgo a esa habilidad especial de pretender observar lo que nos rodea. Eso le atañe mucho a los llamados “artistas visuales”, que pecan de lo siguiente: solo miran. Han convertido la observación en un proceso automático, una reacción del ojo más que una intención del pensamiento. Se refugian en la interpretación estética, en la forma, en el brillo de la imagen, pero rara vez se preguntan qué están viendo realmente o por qué lo hacen.

Todo pasa por los ojos. Son telescopios que podrían reinterpretar el mundo, dotar de un mensaje fuerte una idea, o simplemente ilustrar el siguiente golpe de estado. Pero no. Solo son mirones. Crean desde la superficie, producen desde la comodidad del ojo. Se queda en lo visual, en lo vendible, en lo “bonito”. El vacío humano detrás de esa creación pobre se siente: una obra que se ve bien, pero no dice nada.

Ese modo vigilante amplía el espectro de la visión, el lugar desde donde se origina la idea. El observador, en silencio y en vínculo voyeurista, roba, adquiere y absorbe la intimidad de lo cotidiano. Es una especie que está en todas partes. Quizá tú seas uno, y ni siquiera te has dado cuenta.

Entre el observador y el mirón solo existe una diferencia: la intención con la que se usan los ojos. El observador busca entender; el mirón, solo mirar. Somos mirones. No examinamos la situación, no intervenimos. Solo miramos. Pasamos de largo ante el siguiente acontecimiento, de lejos, sin intención de hacer más.

La especie del mirón no es nueva: es el reflejo de una sociedad acostumbrada a mirar sin actuar, a indignarse sin moverse, a consumir el dolor ajeno como entretenimiento. Mirar se volvió un refugio, una forma cómoda de no sentirnos parte del problema. Y en el arte pasa igual: crear sin conciencia es mirar sin entender.

Y, sin embargo, mirar también puede ser un acto de resistencia. Depende de hacia dónde apuntemos la vista… y de si después de mirar, nos atrevemos a hacer algo.




Comentarios

Entradas populares