El santo niñito



No me considero un “entusiasta” musical. Me gusta la música, procuro consumir de todo y disfrutarlo; al final, siempre comunica algo. Conozco un poco de todo y hasta me jacto de no saber qué es “tener buen gusto musical”. No es comida. La música se siente distinto: es un proceso que no se prueba con un solo sentido, y por eso trasciende los adjetivos.

Alguna vez, en un bar que ya no existe, con un colega del que ya no sé si siga existiendo, en medio de una discusión sobre si la banda que tocaba se parecía o no a tal otra, surgió un breve periplo por nuestra experiencia con el jazz. En esos días yo no pretendía nada con nadie. Mi colega era músico en sus ratos libres —gran músico, por cierto—. Hablamos de la historia del jazz y de la música que en ese entonces empezaba a sonar con más fuerza.

Yo mencionaba el impacto que la música folclórica mexicana había tenido en lo que hoy son éxitos mundiales: todo ese mundillo de los corridos alterados, progresivos, la música bélica. Mi colega lo asociaba mucho al jazz y a sus repercusiones en toda la música. Y ahí planteamos algo que se quedó rondando: el norteño es el jazz de México.

Piénsalo. La música folclórica de México, nacida en la Revolución, hablaba de las hazañas de los guerrilleros, de las situaciones políticas, de héroes y villanos, de quién era el más vergas. Usualmente la hacía la gente de a pie: soldados, gente común con dolor o con la necesidad de contar lo que estaba pasando. Con el jazz ocurrió algo similar: esclavos haciendo del arte su vía de escape.

La idea va por ahí: de la necesidad, la opresión o la simple creatividad nacen géneros enormes que terminan desembocando en corridos tumbados, en un pop vacío o en un Alex Syntek.

Por eso volteo mucho a ver la música del norte, los corridos de antaño, los viejos agrios de costumbres arraigadas. Me sé varias rolas, las disfruto, me hacen sentir en casa; incluso me dan cierta identidad: sombrero, cerveza, camisa… lo que se ve en la calle, ¿no? Los señores de rancho, ¿no? Los “verdaderos hombres” que mueven México, ¿no?

Música popular que narra hechos que hemos visto, personajes que conocemos o que pretendemos ser: un héroe, una tragedia, una buena aventura. La fórmula que hoy se enaltece, y está bien. Vivimos bajo el aspiracionismo, la meritocracia y el consumismo. Es aceptarlo o ir en contra. Yo prefiero abrir una cerveza, poner música, hablar con amigos y, cuando el alcohol haga lo suyo, ahora sí discutir si Juan O’Donojú fue o no el último virrey de la Nueva España.

El Santo Niñito es muy mentado en uno que otro corrido. Siempre me ha dado gracia que mencionen a ese tal “niñito”. Está claro que se refieren al Niño Jesús, pero la forma en que lo usan es curiosa. Por ejemplo, en Los dos amigos, en una parte dice:
“Válgame el Santo Niñito, ya agarraron a José”,
y luego José se escapa el wey jaja.

Quizá por ser vato de ciudad no capto esa frase tan seguido; es más, jamás la he escuchado fuera de una rola. Yo uso un “ay, Dios tuyo” para expresar sorpresa o disgusto. Pero la idea de meter a un niño que, por los huevos de alguien, es “santo”, siempre se me ha hecho extraña.

En El Santo Niñito empleo una pieza de Goya, una de esas que hizo para una familia de duques para adornar la casa. Tenían gustos peculiares. En esencia me gusta: tres figuras se llevan a la verga a un hombre desnudo en el monte. Sin duda, una hazaña que merece un corrido. Me la imagino con ironía, solo imagina.

Una peda en el cerro con tus compas. Es de noche, tomaste de más, ya es hora de irse… un paso en falso y te llevan las brujas. Eso lo puedes aplicar a muchas cosas: hasta cuando dejan a los bebés entre dos sillas en los XV y de pronto sus padres se los llevan. Así se siente cuando la esencia del “Santo Niñito” hace su ma





 

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