Las Casas

¿A qué realmente le podemos llamar hogar, cuando habitar un espacio cuesta más de la mitad de tu sueldo, de tu tiempo, cuando deshabitas el espacio solo para poder pagarlo, para pretender vivir?


 Durante un tiempo trabajé en un proyecto que aún no entiendo del todo: un negocio redondo donde la vivienda se hacía para el negocio, no para quienes la habitan. Amueblábamos miles de departamentos para “estancias cortas”.


 Yo me encargaba de lo “creativo”. Visitaba esos lugares: prisiones bien adornadas, diminutas, con lo esencial para seguir respirando.
Desde las alturas miraba el horizonte de Guadalajara —un horizonte que antes era limpio, y ahora es un campo de batalla vertical. Los apellidos de los dueños se repiten: políticos, empresarios, familias de siempre. Viven en su burbuja de miedo, esa que justifica destruir, desplazar y encarecer lo que antes era marginal.


Las casas nacen de eso: de la desesperación que genera la crisis de vivienda, de las ciudades convertidas en mercancía, de los barrios “revitalizados” a fuerza de despojo y gentrificación.


La figura en la imagen se inspira en Thích Quang Đức, el monje vietnamita que se prendió fuego en 1963 como protesta contra la persecución budista. Dicen que no gritó, no se movió, solo ardió en silencio. De su cuerpo no quedó nada, excepto su corazón, intacto. Ese fuego —terrible, sereno, absoluto— se convirtió en un símbolo del límite humano: el punto exacto donde la desesperanza se transforma en acto.


En el dibujo, el fuego emana de un hogar roto. El personaje arde junto a su casa, sostiene una llave, una moneda, una deuda. No hay heroísmo, hay impotencia. No hay fe, hay cansancio.


Y me pregunto: ¿qué tendría que pasar aquí para que algo cambie? ¿Cuántos incendios más hacen falta para que el país despierte de su propio letargo urbano? Vivir en las periferias, tardar dos horas en volver a casa, dormir mal, comer peor, repetir el ciclo. Morir por nuestras propias manos, enriquecer a otros con la renta de nuestras ruinas, hablar otro idioma para ser aceptados en lo que era nuestro.

Quizá lo único que nos queda es eso: arder en protesta, convertir la desesperanza en fuego, quemar simbólicamente el “hogar” que ya no nos pertenece. Porque el hogar, en este país, ya no es un refugio.




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