Los Cerdos se pintan solos
No recuerdo muy bien mi último altercado con las “fuerzas del orden”.
No soy una persona que se meta en problemas con ellos. Hasta cierto punto nos sabemos respetar: no soy moreno, no me visto mal, mi aspecto no es un foco de atención para ellos. Pero lamentablemente soy una puta bomba andante, y es triste que por mi aspecto no me tomen en cuenta para hacerme inspecciones de rutina, darme una putiza y sembrarme una que otra droga sintética, pasar 36 horas en una celda con otros cabrones más morenos que yo.
Y si no entiendes el sarcasmo, qué triste. No estoy en contra del color de piel ni del estatus económico de nadie. Para mí, el color no define nada. Pero lamentablemente para quienes se alistan en las filas de la policía —municipal, estatal, federal o hasta el ejército— sí. Y es muy gracioso ver cómo los mismos policías son del mismo tono de piel, el mismo estatus económico y la misma clase social de los que pretenden “ajusticiar”.
Las pocas veces que he tenido altercados con esos cerdos fueron divertidas: por faltas administrativas, mear en la calle, pintar pendejadas en la calle, beber en la calle, ir en mi Camaro negro en vergüiza con mi gente…
O una vez que me interceptaron más de seis hijos de perra afuera de mi casa, bajándome del carro de “El Monito” porque, según ellos, yo traficaba droga. Quizá “El Monito” sí, porque es moreno y tenían sus sospechas (infundadas). ¿Pero yo qué vergas? Vivir en la colonia donde vivo creo que fue mi delito. Me amedrentaron y amenazaron. Yo estaba ebrio, los invité a entrar y les dije: “saluden a la cámara” (una cámara de seguridad que tengo en casa). Dieron claves por sus radios y se fueron. “El Monito” había arrancado antes de que me interceptaran esos perros. No habiamos hecho nada, "El monito" solo me llevo a mi casa , viviamos a dos cuadras de distancia .
Faltas que se purgan, que son fáciles de perdonar para la justicia. En este país hay cosas mucho peores que gangrenan los tejidos de la seguridad pública. Pero este es su pasatiempo: la alegoría del ladrón y el policía que solo ellos se creen en fantasia
Siempre me dieron mala espina. Se mueven raro, huelen raro, piensan raro. Es un trabajo raro: procurar la seguridad del pueblo. Su “blindaje” los dota de una soberbia extrema. Nadie los quiere. Ha de ser muy difícil ser policía: encarnarse en la corrupción del mismo sistema de seguridad y no velar por el ciudadano de a pie.
Oportunistas que lucran con el error de la gente, con el desconocimiento de las leyes y los derechos que tenemos como ciudadanos. En mi caso, siempre ha sido ese juego.
-Ok, me atrapaste, acepto el destino. Pagaré mi multa.-
Pero esos hijos de perra te tratan como si fueras el capo más buscado. Desquitan su furia contenida desde niños. Buscan cumplir la cuota y llevarla a la comandancia. Son como perros malos, peor aun ,cerdos mal criados. Con cualquier cagada que les des, se la tragan. Usurpan funciones, no acatan reglamentos y se creen jueces de los errores de los demás.
Si existiera un maquillaje de policía, sería ese: el de un payaso con képi.
Es lamentable que se haya perdido el respeto hacia esa instancia de procuración de seguridad. Quienes pretendían cuidarnos se volvieron verdugos de un sistema gastado. No los justifico —algo tienen que comer—, y ser policía no es fácil, menos ser un “buen policía”.
El problema es que ya no representan seguridad, sino miedo. El uniforme no los separa del pueblo: los enfrenta.
El poder, cuando se ejerce sin conciencia, se convierte en abuso. Y el clasismo disfrazado de autoridad sigue golpeando más fuerte a quienes menos pueden defenderse.
Defender nuestros derechos no es rebeldía: es sobrevivencia. Exigir que la ley se aplique con justicia, no con rabia. Que las detenciones respondan a la razón y no al impulso. Que la fuerza sea proporcional y no el desahogo del que porta el uniforme.
La verdadera justicia no necesita bastón ni patrulla; necesita conciencia. Y mientras no entendamos eso, seguiremos viendo payasos uniformados confundiendo autoridad con poder.
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