Ir al contenido principal
Metanfetamina
La primera vez que vi el “cristal” fue en un lugar donde trabajé por un tiempo.
Era una cocina. Trabajaba con unos vatos cuya vida consistía en estar ahí 24 horas, preparando comida para gente fresa. Los recuerdo con cariño porque, de alguna forma, me mostraron una manera de vivir muy distinta a la mía.
Eran de un barrio en las periferias de la ciudad. Les gustaban las motos, les atraía mucho la narcocultura. No eran malos tipos.
Uno era un excristiano con grandes dotes para la música —tenía un gusto musical enorme fuera de los corridos—. Fumaba kilos y kilos de marihuana. Era buen tipo, algo rudo, pero detrás de esa máscara había un niño miedoso.
El otro, su hermano, era más macabro: alto, grande, fornido, comía cantidades absurdas de comida, mujeriego, exmilitar. Él no se drogaba, pero sus historias y su forma de pensar causaban repulsión: machista, aspirante a sicario.
Y el tercero era todavía un “niño”, aspirante a la milicia, fanático de la mecánica de motos, fumaba cantidades industriales de mota y cristal. Su complexión y sus sueños se reflejaban en esos ojos adormilados.
Un día, antes de empezar el turno, el primero de los tres sacó un envoltorio con un polvo triturado, blanco, casi transparente, “misterioso”. El día anterior habían salido de fiesta; dormían en el restaurante, amanecían ahí. Nos dijo que era cocaína.
Yo, por curioso y porque alguna vez la había probado, dije: ¿por qué no?
Pero cuando lo vi de cerca, ese “polvo” se miraba espeso, grueso, pesado. No soy experto en drogas, pero de inmediato supe que eso no era cocaína.
El primero y el tercero se dieron: esnifaron un poco y luego, en una manzana usada como pipa, pusieron mota con un poco de cristal. En eso llegó un mesero nuevo y le ofrecieron. El wey, sin saber qué era, se dio un jalón.
—Ahhh, a la verga, ¿qué es eso? —dijo, con la nariz ardiendo.
Nos reímos todos y nos fuimos a trabajar.
Aún recuerdo al mesero nuevo, con los ojos llorosos, en una esquina del lugar, “trabajando” energéticamente. Nos volteábamos a ver y nos reíamos entre miradas. La pipa se volvió a fumar cuando los clientes se fueron. Yo me quedé en mi estación, pensando en las drogas y en cómo son parte del motor que mueve a los trabajadores.
Recordé entonces mi primer trabajo como obrero. Yo nunca había trabajado en algo que no fuera creativo. Mi papá, como forma de mostrarme el mundo laboral, me metió a trabajar donde él era director de operaciones: un gran almacén de suministros médicos. Eso fue antes del restaurante, pero al reflexionar en todo eso, me vino a la mente lo que viví ahí.
El primer día entramos otro vato y yo. Él tendría unos 25 años, semblante duro, medía poco menos de 1.65, cejas gruesas, voz apagada, piel amarillenta, pestañas largas. No recuerdo su nombre, solo que entramos el mismo día. Era muy trabajador.
Los uniformes nos quedaban enormes: bata hasta abajo de la panza, cofia, cubrebocas y botas.Él era pareja de una chica que también trabajaba ahí, en producción. Un cubículo en medio del almacén donde filas y filas de mujeres, cubiertas de pies a cabeza, solo dejaban ver los ojos. Era raro entrar ahí: todas volteaban al mismo tiempo, como algo automatizado. Solo veías los huecos donde asomaban sus miradas. Era incómodo.
No duré mucho en ese jale. Era tedioso, repetitivo, cansado. Mi alma creativa imploraba por música. Me di cuenta de que el cerebro, cuando se siente en cautiverio, hace maravillas: componía canciones en mi cabeza, fabriqué hasta un instrumento con basura para hacer ruido y calmar mi TDAH.
Un día por la mañana, dos o tres semanas después, me tocó trabajar con el vato que había entrado conmigo. Nos pusieron a desempacar costales de insumos médicos. Tarea mecánica. Lo saludé y empezamos.
Su comportamiento era raro: se movía mucho, murmuraba cosas, sudaba exageradamente. La bata y la cofia lo delataban. Pensé: yo también hablo solo y hace calor, es normal.
Pero de repente me dijo:
—Eh, wey… ¿ya viste a ese vato? Nos está vigilando.
Volteé. No había nadie, solo pasillos infinitos de cajas.
—No hay nadie, wey —le dije.
—Sí, sí hay —insistía—. Es un señor. Qué pedo con él. Lo voy a verguear.
Yo ya estaba nervioso. Paramos la chamba y me contó algo perturbador:
dijo que la noche anterior había visto a un hombre violar a un niño atrás de una camioneta afuera de su casa.
—¿Y por qué no hiciste nada? —le pregunté.
—Porque si gritaba me iban a descubrir que andaba bien prendido —me dijo.
Ahí todo hizo sentido: el vato estaba alucinando por el cristal.
Siguió diciendo puras mamadas. Se fue al baño y no lo volví a ver. Al día siguiente no regresó. Mi papá me dijo que había golpeado a su esposa y que lo habían corrido. Nunca supe qué fue de él.
Días después me tocó trabajar con otro vato. Era de Baja California, ya grande, unos 38 o 40 años. Me contó que de joven fue adicto a la heroína y a quién sabe cuántas cosas más. En su punto más bajo terminó viviendo en túneles, con una sobredosis encima. Me explicó cómo quemaba la droga en aluminio y la inhalaba, cómo siempre le sabía a metal la boca, cómo se le cayeron los dientes.
Me dijo que una prostituta lo rescató, que vivió con ella en esos túneles y que gracias a ella se salvó. Luego decidió venirse a Jalisco, se subió al tren con migrantes y llegó aquí a rehacer su vida. Tenía hijos, pero llevaba años sin saber de ellos.
Yo estaba escuchando eso mientras trabajaba en la caja del restaurante, acordándome de todas esas historias laborales. Todo me parecía poético y brutal al mismo tiempo. Pensaba en las guerras, en las drogas, en cómo la sustancia es parte del engranaje del proletariado.
¿Quién está sano?
¿Quién no se mete algo para poder funcionar dentro de esta máquina de hacer dinero?
Era viernes de 2018. Yo tenía dinero y ganas de ponerme borracho. Lo único que cambiaba era la sustancia. Me reí, cobré un arroz a sobreprecio, anoté unas frases en mi libreta y volví a mi realidad. Seguro ese día terminé pedo en algún bar.
Lo que vemos en las calles es el resultado de ese mismo mecanismo. Hay tantos huecos, tantos baches que es incómodo mirar, pero seguimos caminando por el mismo lugar. Consumimos para no sentir. Nos inyectamos algo —lo que sea— para que la vida duela menos.
Para todos los que no soportan la vida y confunden sus vicios con una forma de existir.

Comentarios
Publicar un comentario