San Sebastian




Dentro de la manía por observar e investigar, la figura de Sebastián y su “santidad” es recurrente.
El Greco, Botticelli, Rafael, Rubens y demás banda que lo pintó por su nada despreciable significado que  me lleno la cabeza de ideas. Era tan insistente que terminé haciéndole un “tributo”.

Dentro de mis investigaciones en la época contemporánea me di cuenta de que, en la movida del ámbito LGBT, Sebastián es venerado como el santo de la homosexualidad. Y no los culpo: un militar romano martirizado por sus convicciones religiosas que soportó la verguiza por lo que creía o con lo que se identificaba … eso atrae a cualquiera que haya tenido que resistir las embestidas de la vida misma.

Ser amarrado a un árbol, desnudo, mientras una panda de romanos te atraviesa con flechas es el sinónimo absoluto del sufrimiento y la resistencia por algo que —aunque no sepamos si sirve para algo— se defiende hasta el final.

Quizá Sebastián no lo entendía así, pero la maquinaria católica adoptó su situación para demostrar que el hombre es capaz de soportar TODO: incluso morir por defender ideales pendejos.

Eso me atañe profundamente, porque creo que mucha gente (me incluyo) defendemos ideas que creemos firmemente verdaderas y que al final nos “canonizan”. Por eso, en esta ilustración le pongo una máscara de cultura popular: para mostrar lo empapados que estamos de ideas ajenas que adoptamos sin darnos cuenta, por circunstancias poco misteriosas.

La máscara nos impide ver el miedo, la resignación o la redención de nuestros actos bajo esas ideologías.

Y ahí yace Sebastián, lleno de espinas: la fricción entre lo que creemos y lo que somos, la violencia de sostener ideas que no nacieron de nosotros, lo falso y lo nefasto que nos enseñaron a defender.

Por eso pregunto:
¿qué defendemos?
¿por qué lo defendemos?
¿y para qué lo defendemos?

A estas alturas creo que todos hemos sido víctimas de las injusticias que el mundo nos presenta, pero seguimos embelleciendo el dolor de formas indoloras. Viva el PRI y la tripolaridad del mundo: moriremos defendiendo ideas que no son nuestras. Quizá en muchos años seamos santos por defender ideales que no entendimos. Eso es muy humano.

Porque al final, este Sebastián no es un santo:
es el sujeto contemporáneo atravesado por discursos.
No lo martirizan los romanos, lo atraviesan las ideologías.

La máscara no representa maldad ni ignorancia, sino colonización simbólica: la identidad que nos enseñaron a usar para existir. Las espinas no son castigo divino, son la fricción constante entre lo que nos dijeron que debíamos ser y lo que realmente somos.

Toda religión, toda nación, toda ideología necesita mártires.
Y la pregunta incómoda sigue ahí, clavada como una flecha:

¿esto que defiendo es mío.
o alguien me lo puso encima?



 

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