Vida y estilo
Vida y estilo
La televisión fue, para muchos, la verdadera escuela.
Nos dictaba “verdades”: la agenda setting moldeó nuestra percepción y, desde casa, prisioneros como en la alegoría de la Cueva de Platón, creímos ciegamente que la programación de Canal 5, Nickelodeon, MTV y toda la barra de canales de televisión abierta y privada nos mostraba la “verdad”.
Nos enseñó cómo vestir, cómo hablar, qué desear y a quién admirar.
Ahí aprendimos que el amor se mide en joyas, que la pobreza es un defecto y que el estilo se compra.
Teníamos que ser “diferentes” para obtener las miradas, ese embriagante vals donde, sin atención, la televisión se volvía loca.
Ese fue el verdadero plan de estudios del país: la educación emocional de una nación de espectadores, observando el drama y midiéndose en clases, en la aspiración de ser el más perrón aquí (sí, Naruto pasaba en Canal 5).
En Vida y estilo los rostros están distorsionados a propósito.
Porque el modelo aspiracional no tiene cara: cualquiera puede serlo, o querer serlo.
El espectador completa la imagen, pone su propio rostro, su deseo o su frustración.
Todos cabemos en ese molde que promete ascenso, belleza y redención, aunque nunca se cumpla.
Las telenovelas moldearon nuestra moral más que la SEP.
Pensaba observando revistas de programación viejas y los libros de texto gratuitos, los que tenían buena ilustración y cuentos bien raros.
Así desarrollé la idea.
Jamás vi novelas; fui un niño Nickelodeon y MTV.
Jamás vi Dragon Ball o Pokémon o Rubí.
No imagino el proyecto madre de Vasconcelos puesto en contraste con que Cuna de lobos ha cultivado a más personas que su ensayo La raza cósmica.
Supongo que, si lo viera, pagaría todas sus desgracias y su fascismo escondido.
Pero de adulto, los melodramas mexicanos de tele abierta sacudían y rozaban la curiosidad de “analizar” algo.
Rubí, Teresa, La Usurpadora: manuales del capitalismo emocional, supuse.
El melodrama nos enseñó que ser rico es ser bueno, que ser pobre es fallar, que amar duele y que la venganza viste de marca.
La tele convirtió el clasismo en espectáculo y la desigualdad en aspiración.
Vida y estilo se burla de eso: del brillo que educó nuestras carencias.
Del país que aprendió a soñar con pantallas encendidas y terminó creyendo que tener estilo era ser blanco, tener bótox y ser culero.
El reflejo está roto, pero seguimos mirándonos en él.
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