Traga Fuegos
La primera vez que se me quedó grabado el arte de escupir fuego como algo funcional fue hace años. Recuerdo bien ese día. Fui a la tienda de Don Paco, compré un Sidral Aga y regresé a casa. Esperé a que llegara mi amigo César, abrí el refresco y sabía mal, como fermentado. Lo cerré.
César llegó en La Rojita, una Nissan Pick Up que usaban para trabajar. Me subí, arrancamos. No recuerdo a dónde íbamos, pero llegamos a un cruce de calles. De pronto apareció un tipo. Escupió fuego. La llamarada se sintió incluso dentro del coche. El tragafuegos tenía el cuello deformado, lleno de bultos, como tumores. Se limpió la boca y nos pidió la cuota por el espectáculo.
Yo no traía monedas. César tampoco. Automáticamente le di el refresco de mal sabor. Se lo llevó. Por el retrovisor vi cómo le dio un trago. Su reacción fue de alivio. Vaya cosa: los manjares de la vida pueden ser completamente ajenos. Mi amigo y yo nos miramos y seguimos nuestro camino. Esa imagen se me quedó pegada hasta hoy.
Pienso en el tragafuegos como el artista callejero por excelencia. El acto de imitar la fuerza de un dragón es impresionante: aguantar el calor, el sabor del combustible, el riesgo constante de un error. Es una proeza casi épica. Pero también lo pienso como un símbolo de alguien que habla más de lo que realmente puede sostener.
Escupir fuego no es natural. Es una fantasía. El dragón es un mito. El fuego no nace de las entrañas: es la combinación de combustible y aire saliendo por la boca. Un truco que imita poder, pero que depende de factores externos. Bajo esa lógica me gusta pensar en quienes construyen discursos más grandes que su capacidad de resistirlos. Las mentiras, los discursos “potentes” de quienes ostentan poder, también son fantasía.
En la imagen, el policía aparece como el ejecutor. No es el dueño del fuego, solo quien lo escupe. El verdadero maestro de ceremonias es el hombre frente a él: el civil con traje, el que no se ensucia, el que señala, el que ordena. El policía es el tragafuegos del circo: impresiona, intimida, asombra al espectador, siempre a costa de quemarse la lengua o incendiar a otros.
El fuego nunca es suyo. El Estado reparte el fuego en dosis pequeñas a individuos que no saben —ni pueden— controlar el riesgo de portarlo. Y cuando el incendio se desborda, el fuego se retira de unas manos para entregarse a otras. El espectáculo continúa, cambia el intérprete, pero la función es la misma.
El cuerpo del tragafuegos lo delata: cuello dañado, carne marcada, secuelas visibles. El poder deja estragos solo en quien lo ejecuta. El que lo posé permanece intacto, limpio, fuera de la llama.
Escupir fuego parece un acto de fuerza. En realidad es un acto de obediencia.
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