Y las putas somos nosotras


No distingo bien el concepto de puta en estos últimos años. Hay gente que se jacta de ser muy “puta”, y está bien: lo entienden como alguien que disfruta su sexualidad, que explora el coito con varias personas sin culpa ni presión. Eso no solo es válido, es sano. Pero luego conoces a una puta de verdad… y el concepto se reconfigura.

La palabra es lo que pesa, no el oficio. La prostitución, a mi parecer, es un trabajo bastante noble. Nunca he usado sus servicios; me parece extravagante pagar por lo que yo llamaría una “paja premium”. Quizá sea ignorancia mía dentro del mundo de la putería. Sin embargo, durante una temporada muy corta de mi vida fui asiduo a centros nocturnos donde las mujeres bailan dos canciones: una para seducir y otra para mostrar.

Mientras eso ocurre, una horda de mujeres de todo tipo deambula entre mesas llenas de caballeros, esperando ser vistos, entendidos, escuchados… y, si se puede, complacidos. Todo bajo tarifas que para el “pueblo raso” resultan accesibles. Supongo que por eso triunfan esos lugares: concentran lo más fructífero para el ser humano —placer, alcohol, drogas estimulantes, senos, caderas, culos, curvas—. El inicio de la civilización bien podría estar encapsulado en un cuarto oscuro, con luces de colores y música sin curaduría.

Ahí conocí la materialización del concepto de puta. No todas las mujeres que trabajan en esos lugares concretan el coito, ya sea por decisión propia , porque la edad ya no les da o el mismo establecimiento lo prohibe. Pero casi todas, las que conocí y con las que entablé conversación, se jactaban de portar el título de “puta”.

Siempre les preguntaba por qué se definían así. Yo les decía que las consideraba más bien prestadoras de servicios múltiples. Y es que saben escuchar muy bien; son observadoras, y eso es parte del trabajo. Cazan hombres llenos de carencia para que al menos una parte del dinero se quede con ellas. Si bien usan el cuerpo —porque es lo más llamativo—, lo verdaderamente poderoso es la lengua: hacen como que te escuchan, asienten, te validan, te hacen sentir importante. Si lo decides (o lo ordenas), te restriegan el culo y las tetas, y al final te preguntan si les invitas otro trago. En el deseo de ser escuchado, entras al juego y pagas otra bebida.

Eso, en mi experiencia, no las hace putas. Las vuelve parte de un ecosistema de confort. Un sistema que no solo los hombres utilizan para sentirse “algo” si lo sacas y bajo otros conceptos ese es un ciclo que todos hemos necesitado y es adictivo.

Hice conexiones en esos lugares. Me gusta ir a platicar, observar, sobre todo observar. Antes tenía una idea frívola de las chicas que trabajan ahí. Pero cuando escuchas sus historias, sus libertades y sus discursos, te das cuenta de que no están tan lejos de las mujeres de tu vida: tu madre, tu hermana, tu sobrina. Personas que salen a ganarse la vida como cualquiera.

Me confesaron que no es un trabajo fácil, que es cansado, pero en casi todas esas charlas había alguien esperándolas en casa: renta, escuela, hijos, responsabilidades. Cuando humanizas el oficio, todo se vuelve más interesante. El panorama cambia. Los protagonistas ya no son ellas: somos nosotros.

La imagen dialoga con eso. La figura femenina aparece intervenida, atravesada, manipulada. No es una escena de deseo, es una escena de control. La mano que corta no es erótica, es instrumental. El cuerpo está ahí, expuesto bajo capas de telas decoradas, sabes que hay algo ahi detras , estético, casi ceremonial, pero la acción revela quién ejerce el poder. El voyeurismo no está en ella, está en quien observa y en quien toca.

Me atrae el voyeurismo que se maneja en esos espacios: ver lo primitivo del hombre. Somos monos con un curso básico de simbolismo. Sentado, rodeado de todo eso, me hago la pregunta inevitable:

¿Y las putas son ellas…
o somos nosotros?


 

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