Yo pongo los muertos tu el conflicto
En las fuerzas del orden, la verdad es que no sé hacia dónde voltear.
¿Cómo se defiende con balas un concepto, un invento, una idea? Eso nunca me ha cabido en la cabeza. Lo que sí puede caber es un pedazo de plomo viajando a 300 m/s en cualquier parte del cuerpo. La idea permanece intacta; el cuerpo no.
No conozco a nadie que haya participado en una guerra y que se haya beneficiado de verdad. Las guerras no las pelean quienes las deciden. Las pelean los cuerpos: el colectivo. Un conjunto de hombres intercambiables, alineados, entrenados para obedecer, convencidos de defender algo que rara vez les pertenece. La violencia siempre recae en quien ejecuta la orden, nunca en quien la dicta.
En la imagen, el grupo avanza como una sola masa. No hay individuos, hay función. Cascos iguales, gestos repetidos, miradas perdidas. El colectivo convertido en herramienta. Soldados, guerrilleros, revolucionarios, policías, sicarios, civiles: peones a merced de intereses lejanos, de discursos que prometen algo mientras administran la muerte.
En la esquina inferior derecha, un soldado sostiene un cóctel molotov apuntando al sol que resplandece detrás de la escena. Un gesto absurdo: incendiar lo que ya está en llamas. Defender con fuego aquello que ya consume a todos . Es la imagen más clara del sinsentido: destruir para “proteger”, quemar para “salvar”. La violencia aplicada por inercia, sin cuestionar el objetivo ( si es que existe alguno).
En el centro aparece un bufón con máscara. El único que parece consciente de la puesta en escena. El que se burla de la desgracia porque sabe que todo esto es teatro: héroes prefabricados, enemigos convenientes, sacrificios necesarios. El bufón no combate ni arde; observa. Es la figura que entiende que el conflicto necesita espectáculo para sostenerse o al menos captar la atencion por que las guerras no se ganan en silencio.
Al fondo, soldados mutilados, decepcionados, desorientados. El después que nunca aparece en los discursos. Cuerpos incompletos, promesas rotas, identidades erosionadas. Lo que queda cuando la idea ya no sirve y el colectivo fue exprimido hasta el final, si es que queda algo de ello o si alguna ves existio.
México quizá nunca ha sido una nación beligerante, pero sí una nación en conflicto permanente. Aquí las batallas no siempre se libran en campos abiertos; se libran en calles, en los cerros, en muchos fentes que estoy seguro que mas de uno hemos visto. Y siempre con los mismos pagando el precio, los otros , los muertos , los que no aparecieron.
Hay que tomar conciencia de que ideas defendemos , a quien le favorece nuestro discurso, al final somos el peon de alguien y nos dirigen hacia donde ellos queiren ...y ellos son los que ganan.
Comentarios
Publicar un comentario